A finales de 2003, el monarca hizo llegar al ministerio de Justicia una carta del padre del marino argentino, por entonces preso en Madrid. La misiva estaba repleta de halagos a la impunidad de los franquistas y comparaba los métodos de Videla con los empleados en la lucha contra ETA.

Se llamaba “Avenida de la Felicidad”, pero no era más que el camino hacia el infierno. Fieles a su sarcasmo, los verdugos de la ESMA -el mayor campo de concentración de la dictadura argentina- bautizaron así al pasillo que se abría entre las salas de torturas. Por allí desfilaban los que iban a morir, pero también los que se dirigían a matar. Entre los primeros se encuentran miles de seres inocentes. Entre los segundos está Ricardo Miguel Cavallo, un militar que acaba de recibir una nueva condena por aquellos crímenes. Entre 2003 y 2008, durmió en cárceles españolas.
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Veo, oigo y leo, con frecuencia, en todos los medios de comunicación públicos (pocos) y privados (muchísimos), como políticos de “izquierda” o de “derecha” supuestamente conocedores de nuestra historia próxima, y periodistas ilustrados o ilustradísimos, pronuncian y sentencian la conocida “verdad indiscutible” de que la Transición fue un “borrón y cuenta nueva” que aseguró la vida ciudadana bajo un estado de derecho.Con ella, al parecer se estableció una España reconciliada, entre franquistas de toda la vida y demócratas que habían sido perseguidos pero que por fin salieron de la cueva. 









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