El jardín de Wert y la educación clasista


Rajoy le hizo un fabuloso regalo de boda a José Ignacio Wert: una embajada y un pisito en París -500 metros cuadrados en la Avenue de Foch- para su plácida luna de miel. Margallo, encargado del mantenimiento de embajadas, acaba de destinar 775.000 euros para cuidar los jardines de la pareja. Nada tengo que objetar a tales agasallos.

Exteriores gasta 650.000€ para cuidar el jardín y el edificio de la Embajada en París donde trabaja Wert

Mucho menos desde que el tándem Rajoy-Rivera redefinió el concepto de corrupción: una cosa -punible- es «meter la mano en la caja» y otra -perdonable- la «mala praxis». Esta última, a mayor abundamiento, es una noción subjetiva: lo que algún quisquilloso considera dispendio y «mala praxis», a otros nos parece un regalo merecido. Depende del cristal con que se mira.

Wert tenía sobrados méritos para acceder al exilio dorado. Fue un auténtico buldócer en la demolición de la educación pública. Subía tasas académicas y suprimía becas y profesores como un poseso. En solo cinco meses del 2012 rebajó el gasto educativo en 4.886 millones de euros: recortó una media de mil millones por mes, como le recordaba un diputado. Lo hacía «con sufrimiento y pesar», así consta en el Diario de sesiones, y como «respuesta excepcional a unas circunstancias excepcionales». Y, sobre todo, con el fin supremo de domesticar el déficit público que Zapatero había desbocado.

Wert ostenta también un mérito que hasta ahora no le había sido reconocido: su denodado empeño en privatizar la educación. Mientras que los recursos del sistema público disminuyeron un 18,4 % durante el período de austeridad, las subvenciones públicas a los centros concertados o íntegramente privados se mantuvieron o aumentaron. Adelgazó la enseñanza pública y engordó la enseñanza privada. España es ya, después de Bélgica, el país europeo con menos alumnos en aulas públicas. En Europa, nueve de cada diez escolares acuden a centros públicos; en España, solo siete de cada diez. La Iglesia, patronos laicos y últimamente algunos fondos de inversión ya controlan un tercio de los alumnos. La educación se vuelve cada vez más clasista y la igualdad de oportunidades, un cuento chino. Para muestra, un botón: el 72 % de todos los ministros de la democracia estudiaron en colegios privados o subvencionados.

Pero Wert -hagámosle justicia- solo era un mandado que cumplía órdenes. Tal fue su esmero que, además de hacerse merecedor de las prebendas de París, sentó cátedra. Hoy mismo, Rajoy y su escudero Rivera abogarán en el Parlamento por continuar su ejemplo. Lo harán cuando expliquen esta perla entresacada de sus 150 medidas capitales: «Continuaremos respaldando el sistema de conciertos educativos en apoyo de la educación pública». Ya saben: la educación pública se apoya insuflando más dinero -público, claro- a los centros privados. Ni Cervantes lo diría mejor. ¿Comprenden ahora por qué me encantaría que también Rajoy fuese obsequiado con una embajada, un nidito de amor y un jardín rebosante de gardenias allende los Pirineos?

La Voz de Galicia

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