La cruzada de la Infanta Cristina para rehabilitar su imagen


La presencia de Iñaki Urdangarin y la Infanta Cristina en la fiesta de Pablo de Grecia, celebrada el pasado sábado en Inglaterra, es un nuevo órdago de los ex duques de Palma contra Felipe VI. Su hermana es la principal promotora de este movimiento emprendido desde que en febrero fuera declarada inocente. Doña Cristina ha iniciado una especie de cruzada para rehabilitar su imagen, pese a que su marido fue condenado a seis años y tres meses de prisión por la Audiencia de Palma. Pena que puede doblarse, ya que casi coincidiendo con el citado festejo, la Fiscalía ha solicitado aumentar su condena a diez años de prisión.

Según afirma un miembro cercano al ex jugador de balonmano: “Muchos consideramos una temeridad recurrir la sentencia, que había sido bastante favorable, pero Iñaki sigue obcecado en demostrar una inocencia en la que casi ya sólo cree su mujer“. Actitud que encaja con la personalidad del ex duque, cuya osadía y ambición le llevaron a emprender un turbio camino en los negocios para demostrar que era capaz de triunfar por sí mismo como empresario y no por ser marido de, tal y como aseguran amigos cercanos. Lo que le ha destrozado la vida,arrastrando a la Infanta Cristina y sus cuatro hijos a esa complicada situación.

Actualmente, Urdangarin es una sombra de sí mismo: casi en los huesos, canoso y muy envejecido para sus 49 años, ha descartado encontrar trabajo, tras ese intento frustrado de entrenar a la selección de balonmano de Qatar, pues nadie en su situación se arriesga a contratarle.

Su única obligación es comparecer cada primero de mes en un juzgado de Ginebra, como estipuló el juez. El ex duque, pese a su condena, logró eludir la fianza de 200.000 euros que solicitó el fiscal Horrach, así como que le privaran del pasaporte, lo que le ha permitido seguir residiendo en Suiza junto a su familia, donde permanecerá seguramente hasta que resuelva el Tribunal Supremo.

Últimamente, está cada vez más atrincherado en su domicilio de la rue de Granges, en el centro histórico de Ginebra, donde mata el tiempo ejerciendo de amo de casa y ocupándose de sus cuatro hijos ( Juan, Pablo, Miguel e Irene), a los que lleva y recoge del colegio. La Infanta Cristina es quien mantiene el hogar, gracias a su doble empleo como directora del área internacional de la Fundación La Caixa, por el que percibe unos 3.000 dólares mensuales, y en la Fundación Aga Khan.

Los ex duques han prescindido del servicio interno, aunque tienen una asistenta que limpia el amplio dúplex en el que residen desde 2013. Es Iñaki también quien hace la compra, saca al perro y prepara a menudo la cena, como cuando cocinaba guisos de pescado, su especialidad, en las veladas gastronómicas que organizaba en su palacete de Pedralbes, en Barcelona.

Pero esto no llena su vacío ni la enorme ansiedad que siente por su futuro, mucho más negro tras la petición de la Fiscalía de doblar su condena. Por eso, está cada vez más obsesionado por el deporte, sobre todo con el footing, que como un marathon man practica diariamente a veces durante horas, y también el ciclismo y el tenis. El 12 de mayo participó en el entrenamiento de la media maratón de Ginebra, prueba en la que también corrieron sus hijos Pablo e Irene; su sobrina, Carlota Gui, que reside con ellos en Ginebra, y la propia Infanta con su cuñada, Ana Urdangarin.

Los ex duques están cada día más apegados al clan Urdangarin, que siempre les ha prestado incondicional apoyo, por lo que es previsible que en agosto acudan nuevamente a Bidart, localidad vasco-francesa donde la madre de Iñaki, Claire Liebaert, alquila una villa y acuden cada verano desde que fueron vetados en el Palacio de Marivent.

Y es que los intentos de la Infanta Cristina por rehabilitar su imagen en España y también en la Familia Real tras ser declarada inocente, han sido infructuosos. Lo demuestra la polémica que desataron sus vacaciones de Semana Santa junto a Urdangarin en La Toledana, la finca de Pedro de Borbón Dos-Sicilias, el duque de Noto, en Ciudad Real, o su presencia sola en mayo en el funeral de la Infanta Alicia, tía de Don Juan Carlos, en el Palacio Real. Era su primer encuentro público con su hermano tras la sentencia de Nóos, pero Don Felipe la ignoró, tal como ha ocurrido ahora en la fiesta ofrecida por el príncipe Pablo de Grecia, en Inglaterra. En esta ocasión con mayor motivo, ya que la acompañaba Iñaki Urdangarin, a quien parece demostrado que el monarca no quiere ver… ni en pintura.

EM