‘Camarada Conesa’: cuando el franquismo agujereó el PCE con la imprenta de Mundo Obrero


En los años posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial, la CNT-FAI y el PCE fueron las organizaciones que siguieron combatiendo el franquismo en el interior del país con cierto nivel de incidencia

Pie de foto: De izquierda a derecha, José Satué, ejemplar falso de Mundo Obrero tirado en la imprenta de Conesa y Luis González Sánchez “el Rubio”. Fuente: Archivo Histórico del PCE.
De izquierda a derecha, José Satué, ejemplar falso de Mundo Obrero tirado en la imprenta de Conesa y Luis González Sánchez “el Rubio”. Fuente: Archivo Histórico del PCE.

La policía política –la Brigada Político-Social– desplegó diversas estrategias para luchar contra la oposición a la dictadura: entre ellas destacó por sus buenos resultados la infiltración en el seno de sus organizaciones

El agente Roberto Conesa Escudero logró hacerse pasar por miembro del PCE durante seis meses y contribuyó a la práctica aniquilación de este partido en el interior de España

A comienzos de 1947, la dictadura franquista comenzaba a respirar, convencida de que los vencedores de la guerra contra el Eje no iban a hacer nada efectivo para derrocarla. Por su parte, la situación de las organizaciones que, como el Partido Comunista de España (PCE), no se resignaban a acomodarse a un exilio indefinido, era desoladora. Los activistas enviados desde Francia para montar una Delegación del Comité Central en el interior, muchos de ellos antiguos cuadros durante la guerra civil o con experiencia en la resistencia, caían como moscas en las trampas de la Policía al poco tiempo de llegar. Así fueron detenidos y fusilados Isidoro Diéguez, Agustín Zoroa o Ramón Vía. Algunos, ferozmente torturados, prefirieron el suicidio, como Eduardo Sánchez Biedma, que se arrojó bajo un convoy del metro en la estación de Antón Martín antes que delatar a sus camaradas.

Tras la caída de Zoroa, la Comisión de Interior encabezada en Francia por Santiago Carrillo constituyó una nueva troika de dirección integrada por Santiago García (‘Santi’), Antonio Guardiola y José Tomás Planas (‘el Peque’), secretario del Comité Nacional de la JSU. A ellos acabaría uniéndose Luis González Sánchez (‘el Rubio’). Hay que fijarse en estos dos porque su trayectoria iba a ser decisiva en los próximos meses. José Tomás Planas ingresó en el partido en septiembre de 1938. Natural de Altorricón (Huesca), procedía de una familia campesina muy modesta y había comenzado a militar en los pioneros en 1932, con once años. Con dieciséis, se alistó como voluntario en el estado mayor de la XIII Brigada Internacional. Salió del país en febrero del 39 y fue internado en el campo de Argelès. Luis González Sánchez, madrileño, empezó a militar en la FUE en agosto de 1936, en la JSU en octubre y en el PCE desde 1938. Pasó la frontera y transitó por los campos de Saint Cyprien, Barcarés y Argelès y por las compañías de trabajo.

En septiembre de 1944, José Tomás Planas asumió la secretaría general de la Juventud Combatiente y en 1946 fue seleccionado para pasar al país. Ignacio Gallego dijo de él: “Este camarada siente un gran cariño hacia la juventud y hacia el partido. Siempre ha manifestado un gran deseo de trabajar en España y reúne buenas condiciones para el trabajo clandestino por su firmeza y por su carácter prudente”.

Desde finales de 1946 y hasta abril de 1947, Santiago Carrillo tuvo una fluida correspondencia con ‘Santi’ y ‘el Peque’. En su primera misiva, ambos informaron de la complicada situación organizativa: los recursos eran muy escasos; los detenidos, numerosos; y las relaciones con otros grupos, inexistentes. De inmediato, ‘el Peque’ y ‘el Rubio’ se pusieron a organizar una denominada Brigada Eugenio Mesón, en homenaje al responsable de la JSU madrileña preso tras el golpe de Casado y fusilado en 1941. Algunos de los militantes en el interior lo juzgaron una provocación. La acción más destacada de la Brigada Mesón fue la colocación de un petardo en la embajada argentina, lo que acarreó la detención de Juana Doña, compañera de Eugenio, y su condena a muerte luego permutada por treinta años de prisión.

‘El Peque’ y ‘Santi’ comunicaron a Francia que se estaba regularizando la aparición de Mundo Obrero. Carrillo respondió en abril, animándoles: “Estamos muy satisfechos de vuestro comportamiento, haciendo frente a la difícil situación”. Le exhortó a traer consigo “ejemplos de todos los materiales editados que poseáis”. ‘El Peque’ asumió la responsabilidad del aparato de propaganda, las cárceles y la juventud mientras otros dos camaradas recién llegados llevarían el aparato militar, guerrilleros, la estafeta con el buró político, los aparatos de Madrid y provincia y los intelectuales. Eran Manuel Benítez Rufo, antiguo integrante del comité de la JSU en el Pirineo francés, y José Satué, del Sindicato de Trabajadores de Correos y Telégrafos de la UGT procomunista.

Satué buscó una imprenta, que consiguió por 5.000 pesetas, y un especialista en manejarla y mejorar la distribución de Mundo Obrero. Los resultados fueron aparentemente muy satisfactorios: el periódico salió puntualmente el 14 de abril y se preparó un número extraordinario para el 1º de Mayo. Lo que no sabían en el partido era que la imprenta ya había sido suya: se trataba de una Minerva Boston incautada por la policía tras la caída de Zoroa. Un tal Eliseo Asensio trabó contacto con un tipógrafo de confianza, un joven, hijo de viuda y de intachable proceder. Era este, según quien le conoció, un tipo dicharachero y “menudo, bajito, con lentes de los llamados Truman, unas entradas muy grandes en la frente donde se le pronuncia mucho un pico que hacen, al unirse, las dos entradas del pelo formando un mechón rizoso”. Este sujeto, que bromeaba consigo mismo autodefiniéndose como de “treinta kilos”, resultó ser Roberto Conesa. Sobre Asensio recayó el estigma de delator. El propio Conesa reconoció que no fue tal, aunque tampoco se interesó en desmentirlo. Como le dijo a una detenida tiempo después, le importaba poco: Asensio era “un hombre anulado y además sembrar la desconfianza entre vosotros también es un buen trabajo”.

Conesa se comprometió a tirar Mundo Obrero y confeccionó un par de números espectaculares, alguna de cuyas muestras se encuentran hoy en el archivo del PCE. Eso sí, procuró retrasar todo lo posible la entrega. Hacía mal las cosas adrede, dijo después, “porque comprenderás que no iba yo a hacer un trabajo para luego frenar lo mismo que había hecho yo”. Mientras tanto, Satué era seguido por un nutrido aparato de Policía que se encargaba de detener a todos aquellos con quienes se citaba. En cierto modo, Conesa se divertía con su trabajo: “Me acuerdo que con Satué, paseando y paseando un día me decía: ‘Chico, me pasa una cosa más rara. He ido a ver a un amigo y me ha fallado, voy a ver a otro y también, ¿cómo te explicas tú eso?'”.

Al final, conseguidos la mayor parte de sus objetivos, Conesa se cansó de jugar con el ratón. Prometió a Satué conseguirle unos grandes tacos de madera para amortiguar el ruido que hacía la Minerva en funcionamiento y se citó con él al final de la Gran Vía para entregárselos. Al contar lo que ocurrió después, no se sustrajo a cierto recochineo: “Con esos cachos de tarugo era imposible que le confundieran mis compañeros, así que al pasar por la Plaza de España le detuvieron”. Su mujer corrió la misma suerte. Cuando condenaron a Satué a treinta años, a pesar de la campaña de solidaridad internacional desplegada por las Trade Unions británicas, el misógino Conesa lanzó sus dardos a Lucía Barón: “Esa sí que es mala. Estoy seguro de que sigue allí –se fue a vivir a Salamanca tras ser puesta en libertad–, siempre liada y que si un día dijera que la registraran la pillarían con cosas, pero, para qué, no puede hacer nada, pues que se consuele con su amor”.

En su misión de destrozar al PCE desde dentro, Conesa no actuó solo. Cuando tuvo controlado todo el operativo, activó a sus hombres en la cúpula de la organización. Ninguno de los militantes honestos se había percatado de que la infiltración en la estructura del partido alcanzaba a sus niveles más altos de la troika de dirección a nivel nacional. Dos trabajaban para Conesa: ‘el Peque’ y ‘el Rubio’. En 1977, el ya entonces supercomisario Conesa señaló a la revista Cambio 16 que aquellos a quienes denominaba hermanos –militantes de izquierda dispuestos a colaborar con la Policía– se les adjudicaba un nombre de guerra acorde a cosas como su lugar de procedencia o sus rasgos físicos.

La policía hizo el paripé de detener a ‘el Rubio’. Dos agentes le ‘sorprendieron’ el día 21 de abril en la plaza de Ópera, portando un par de ejemplares de Mundo Obrero. Conducido a la DGS, declaró que los había encontrado tirados en la puerta de un cine y que se disponía a entregarlos a la Policía. Se le abrió procedimiento “por actividades contrarias al régimen actual por el juzgado del coronel Enrique Eymar”. Sin embargo, contra lo que era habitual en la inmensa mayoría de los casos, el tigre se comportó como un gatito. El 17 de mayo elevó propuesta de libertad provisional “con urgencia” para González Sánchez. Doce días después, ‘el Rubio’ salió a la calle para hacer todo el daño posible. Obtuvo a cambio el sobreseimiento de su causa, un certificado de penales inmaculado y un aval de inmejorable conducta por parte de la Guardia Civil. Lo precisó para convertirse en miembro de la Policía y cazador de sus antiguos camaradas.

‘El Rubio’ entregó a todos sus colaboradores. Fueron detenidos veintitrés jóvenes de Alcalá de Henares, acusados de la voladura del polvorín de la ciudad. La explosión causó veintiséis víctimas y, aunque la comisión técnica del Ministerio de la Guerra dictaminó que la explosión “no estaba determinada por ningún sabotaje”, el fiscal pidió la muerte para doce de ellos. La confesión fue extraída bajo torturas y simulacros de ejecución. Al final, a cuatro se les conmutó la pena y los ocho restantes fueron fusilados en Ocaña en 1948.

La organización de la JSU se deshizo como un azucarillo. El 21 de abril cayó Manuel Benítez Rufo. Al día siguiente le tocó el turno a María Luisa Antón (‘Tania’), responsable de distribución de Juventud. Luis González preparó una entrevista con ‘el Peque’ en la DGS. El 1 de mayo se vio entrar a José Tomás Planas en Gobernación. Probablemente, se le hizo una oferta que no pudo rechazar. Desde ese momento, los golpes policiacos se redoblaron. El 9 de junio cayeron otros dos camaradas entregados por José Tomás en el curso de una cita, entre ellos, Cecilio Mesa, el nuevo número dos de la organización del partido. El 15 de septiembre se detuvo al responsable nacional de la JSU, al secretario de organización del Comité Regional, al secretario general del provincial de Madrid y a toda la dirección de la Unión de Intelectuales Libres. Quedaron al descubierto las estafetas de Andalucía y de Francia, lo que reveló a la Policía los pasos empleados por el partido con fatales consecuencias. En el mes de octubre, llegaron a Madrid el fotógrafo Luis de las Heras y el veterano guía Julio Álvarez Claro (‘Pradal’), inmediatamente detenidos al ser localizados el mismo día de su llegada por ‘el Peque’.

El expediente contra Tomás Planas resultó ser otra farsa. Eymar propuso su puesta en libertad y la causa fue sobreseída el 7 de agosto de 1948. El que había sido hombre de confianza de Carrillo se erigió en una especie de Pimpinela Escarlata del que desde entonces se sospechó que estaba detrás de todas las caídas del partido. Según Sixto Agudo, que vino al país para ajusticiarle, fue sacado de España por la Policía y enviado a América a comienzos de los años 50. Sus huellas se borraron, aparentemente, sin dejar rastro. Puede que no fuera así.

Las consecuencias de su infiltración al más alto nivel fueron demoledoras. Entre octubre de 1946 y enero de 1947 hubo más de dos mil detenidos. Se dictaron cuarenta y seis penas de muerte y la suma total de condenas a prisión ascendió a 1.744 años. La organización fue deshecha y solo quedaron grupos aislados y dirigidos por inexpertos. Conesa labró un epitafio: “Os tenéis que convencer que un Estado no se tira solo con trabajo clandestino porque es un círculo reducido y un poco antes o algo después todos venís a parar aquí”.

A él, a Tomás Planas ‘el Peque’ y a Luis González Sánchez ‘el Rubio’ se debe, junto a la negligencia de quien envió a estos últimos a trabajar al país, que a finales de los años 40 la organización del PCE estuviese reducida a las cárceles, replegada en el exilio, aislada en los montes o enterrada en los cementerios. Le costaría una década volver a levantar cabeza para reemprender la lucha contra la dictadura.

Fuentes: Centro Documental de la Memoria Histórica, Archivo Histórico del PCE, Archivo Histórico de la Defensa. TheNational Archives UK. Tratados en Los años de plomo. La reconstrucción del PCE bajo el primer franquismo, Editorial Crítica (2015).

El Diario

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