Los refugiados pobres y olvidados del conflicto sirio


Los desplazados internos, que no se pueden permitir el precio de la huida a Europa, se ven obligados a ingeniárselas para escapar de la guerra y sobrevivir entre penurias económicas

Una familia siria que tuvo que huir de la ciudad de Daraya se reúne para desayunar en una pequeña habitación a las afueras de damasco. - AFP
Una familia siria que tuvo que huir de la ciudad de Daraya se reúne para desayunar en una pequeña habitación a las afueras de damasco. – AFP

DAMASCO (SIRIA).- Con temperaturas extremas y fronteras cerradas, nadie en Siria vive ajeno a la dramática crisis que cientos de refugiados sufren desde hace semanas en los Balcanes o Grecia. Un país, Siria, conocido por albergar a los numerosos refugiados y desplazados de los conflictos que han sacudido la región en la última década y donde hoy, paradójicamente, resulta casi imposible encontrar a alguien que no tenga un familiar o un amigo que haya huido de la devastadora guerra que sufre el país.

Ahmad es un pequeño comerciante de Damasco, hijo de refugiados ─su familia huyó de Palestina─, que tuvo que desplazarse desde la periferia al centro de la capital durante el inicio de la guerra.

Narra cómo algunos de sus familiares y amigos han tenido que salir del país para encontrar un refugio seguro. “Siria es mundialmente conocida por tener refugiados hasta en Alaska”, comenta sonriente este joven comerciante. Sabe de lo que habla. Tres de sus amigos huyeron a Alaska, cruzando primero Rusia y Siberia, para finalmente instalarse en este estado norteamericano tras cruzar el gélido estrecho de Bering.

Un camino inverso al que hacen la mayoría de desplazados y, que por lo general, les lleva a Europa. “Es un viaje más económico”, dice con entusiasmo, pero también con cierta envidia. La cuestión económica es uno de los principales motivos por el cual los sirios se resisten a abandonar su país natal. “Huir al viejo continente podría llegar a costar cerca de 10.000 dolares”, explica Ahmed. Sin duda, todo un negocio para las mafias en tiempos de guerra y un imposible para la mayoría de sirios: “Son los ricos quienes pueden escapar”, se vuelve a lamentar el joven mientras cuenta la particular odisea que vivió su tía, quien tras una larga peregrinación por Siria, consiguió llegar a pie hasta Turquía para después viajar en barco hasta Egipto e Italia y posteriormente a Suecia.

Pero si hay algo que han aprendido los sirios en seis años de brutal guerra es a luchar y a sobrevivir. Ubicado al sureste de Damasco, Jaramana es el reflejo perfecto de una guerra que ha dejado millones de desplazados internos y que, por consiguiente, ha llenado en silencio y frente a la indiferencia occidental las periferias de las principales ciudades sirias.

Desde el inicio del conflicto, Jaramana ha duplicado su población, pasando de tener 750.000 habitantes a tener un millón y medio. Personas que, en su mayoría, huyeron de los barrios bajo el control de los insurrectos para buscar refugio en los territorios bajo control gubernamental. Es el caso de Maisa, una de las miles de refugiadas que tras huir de los grupos extremistas islámicos se han refugiado en Jaramana, un barrio históricamente poblado por drusos y cristianos que desde el comienzo de la guerra se ha mantenido fiel al régimen de Bashar Al Asad y que, con la llegada de minorias religiosas musulmanas, se ha convertido en ejemplo de multiculturalidad y convivencia.

Maisa llegó hace cinco años tras escapar del distrito de Babbila, ubicado a escasos 500 metros de distancia y tan sólo separado de Jaramana por la carretera que une el centro de Damasco con el aeropuerto. Maisa recuerda bien el comienzo de la guerra y cuenta cómo hombres armados vinculados a los grupos opositores tomaron el barrio, aunque nunca pudo imaginar que aquellos hechos desembocarían en una guerra de tales dimensiones: “Veíamos imágenes de las manifestaciones opositoras en televisión y luego tuvimos noticias de las decapitaciones y otras salvajadas. Todo era muy confuso, pero jamás hubiéramos imaginado que todo esto terminaría así”, dice mientras señala con el dedo a Babbila, hoy reducido a escombros.

Una hostilidades que también golpean a Jaramana, donde los disparos efectuados por francotiradores desde Babbila ya se han convertido en rutina. “Todos los días sufrimos 20 ó 30 ataques de mortero”, explica un vecino. Ataques lanzados principalmente desde los distritos de Jobar o Harasta, en la periferia noreste de Damasco, y donde los combates no han cesado ni un solo segundo a pesar de los acuerdos de alto el fuego.

Un niño anda entre el barro en un campamento de desplazados sirios junto a la frontera con Turquía. - REUTERS
Un niño anda entre el barro en un campamento de desplazados sirios junto a la frontera con Turquía. – REUTERS 

Del “Califato Islámico” a Damasco

“Puedo decir que estoy contenta aquí. A pesar de las duras condiciones y de la subida generalizada de los precios de los alimentos, disponemos de todos los servicios. Además podemos trabajar y tenemos agua”, asegura Yauhara, una joven que llegó a Jaramana tras huir de la zona bajo control del Daesh en la localidad de Deir Ezzor. Allí, el Ejército de Al Asad y la organización terrorista protagonizan una de las más encarnizadas luchas por el control de la ciudad.

Yauhara vivía antes dentro del autoproclamado Califato Islámico y sufrió en primera persona la estricta vida que impusieron los yihadistas. “En las zonas bajo control del califato se vive con miedo. Con miedo y en silencio”, explica. La joven trabajaba como profesora en una escuela de Deir Ezzor, tenia una vida “normal y feliz”. Ante la llegada de los islamistas tuvo que tomar una de las decisiones más difíciles de su vida. “Primero pudimos desplazarnos por la provincia, pero el Daesh cortó todos las comunicaciones y los suministros, dejándonos sin comida. Fue entonces cuando entendí que debía escapar de allí”, relata con voz temblorosa. Yauhara dejó atrás absolutamente todo y emprendió su huida “con lo puesto”. Unos contrabandistas fueron los encargados de transportarla desde Deir Ezzor hasta Damasco previo pago de 200.000 libras sirias (unos 400 dólares).

Estos contrabandistas hacen de la guerra su particular negocio y que Kafa, una anciana también llegada de Deir Ezzor, conoce a la perfección. Al igual que Yauhara, esta simpática mujer logró burlar el asedio del Estado Islámico escondida en un camión para llegar a Damasco, donde ahora reside junto a siete miembros más de su familia en un pequeño piso de una sola habitación. “Ahora vivimos en paz, pero hay problemas económicos”, relata Kafa, para quien la renta de su pensión se ha convertido en el único ingreso con el que mantener a todos.

La falta de recursos económicos sigue siendo unos de los principales problemas al que se enfrentan muchos de estos desplazados, a quienes el incremento de los precios de los alimentos básicos ha golpeado con especial virulencia. Unas condiciones de vida que se repiten en muchas de las familias que se ven obligadas a huir de la guerra.

Sin embargo, como para la mayoría de sirios, la miseria se han convertido en una simple anécdota, en un “mal menor”, dicen. Más si tenemos en cuenta las terribles cifras de muertos que está dejando la guerra. A pesar de todo, en Jaramana, al igual que en el resto del país, muchos sirios viven con tremenda alegría su particular desgracia: “Damos gracias a dios por seguir vivos y al ejército por protegernos”.

Público