La República desde la perspectiva de los derechos humanos, por Lola Sanisidro*


Asistimos a tiempos de democracias con vocación de imperfectas en las que avanza la desigualdad, retrocede la libertad y se penaliza la fraternidad.

la "niña bonita" de la República símbolo de la libertad, igualdad, fraternidad, laicismo y justicia
la “niña bonita” de la República símbolo de la libertad, igualdad, fraternidad, laicismo y justicia

Los países en los que se generó la ilustración, el contrato social, la ruptura con el antiguo régimen, la Declaración Universal de Derechos Humanos…la Europa de las libertades, el occidente de las libertades, parece haber renunciado a la búsqueda de un mundo mejor para emprender el retroceso hacia sistemas autoritarios, desiguales e insolidarios.

Los derechos humanos, tan semejantes en su formulación a los valores republicanos, son los principios de la convivencia que están en juego y que los pueblos estamos perdiendo.

No hay nada más semejante a una declaración de los principios republicanos de libertad, igualdad y fraternidad que la lectura del artículo 1 de la Declaración Universal de Derechos Humanos: Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.

De ahí que en nuestro país, el debate sobre la regeneración democrática y la defensa de los derechos humanos incluya de manera creciente la incorporación de los valores republicanos.

El debate entre monarquía y república no es accesorio en un sistema democrático, entre otras cosas porque  la monarquía no es un adorno de la democracia sino un elemento anacrónico perfectamente discutible y  una excepción a la igualdad esencial de las personas que componen la sociedad.

La desigualdad que implica un sistema monárquico tiene efectos materiales desde el momento en que el rey está exento de responsabilidad ante la ley, mantiene el cargo de jefatura del Estado de manera vitalicia sin concurrir a las elecciones, hereda el cargo y, a su vez, lo deja en herencia. Pero además, la monarquía, al mantenerse como institución excepcional, por encima de la ley o fuera de su alcance, mantiene un valor simbólico enfermizo que de alguna manera da pie a legitimar otras desigualdades.

No es únicamente un debate entre monarquía y república (que lo es y con todo el derecho sobre una reivindicación democrática que es la república como sistema de Gobierno) es un debate en profundidad sobre los valores republicanos de la convivencia:

La igualdad, que en dignidad implica el acceso a cubrir las necesidades materiales mínimas, y en derechos el acceso a la salud, educación, trabajo y techo frente al enriquecimiento ilícito e ilimitado de los poderes económicos. La igualdad esencial sin distinción de sexo, origen familiar, procedencia, creencias, patrimonio o cualquier otra condición o circunstancia.

La libertad, que reconoce la diversidad y la calidad única de cada ser humano para crear ideas, propuestas y prácticas vitales, para expresarnos y manifestarnos en defensa de nuestras ideas, para vivir y relacionarnos según nuestras preferencias, de organizarnos para la protesta y la propuesta.

La laicidad, como garantía de la libertad de creencias, de que ninguna creencia se impondrá sobre las demás ni será parte de las instituciones del Estado, con la garantía de que las instituciones no nos impondrán liturgias como si fueran actos de Estado.

La fraternidad, como solidaridad, para comprender y colaborar con quienes sufren y huyen de la represión, la guerra o la miseria frente a quienes quieren que les veamos como enemigos. Fraternidad también, como redistribución social de los bienes, para que nuestros impuestos sirvan a las necesidades comunes y no a rescatar bancos, engrosar beneficios de empresas, al saqueo y la corrupción o al simple  despilfarro.

De la defensa de lo público como algo propio y común que garantiza espacios de realización de derechos sociales y peldaños para alcanzar la igualdad, como un bien común del que los Gobiernos deberían responder y no enajenar, como un tesoro social que impida que nuestras necesidades se conviertan en negocio y nuestros derechos se transformen en mercancía.

Sabemos bien que los valores cívicos republicanos, al igual que los derechos humanos, se construyen y se reclaman de abajo arriba pero en nuestro país, sobre todo en nuestro país, en lo que se refiere a la regeneración ética de la política, habrá que limpiar a fondo por arriba y  empezar la casa por el tejado.

*Lola Sanisidro, área de Solidaridad Internacional de APDHA

El Diario