En este hipotético Estado social y democrático de Derecho, título pomposo y falsario con que los manipuladores posfranquistas de la época tuvieron a bien articular el prólogo de la banal e incumplida reiteradamente Constitución del 78, las sorpresas (nuestra capacidad de pasmo no tiene parangón) sobre los fraudes, los engaños y la corrupción en todos los órdenes de la vida española nos vienen saltando a la cara un día sí y otro también.
Aunque somos un pueblo muy dado al olvido rápido -y, de ahí, muchos de nuestros males- resulta curiosa la extrañeza de nuestros jóvenes menores de treinta y cinco años, que es el tiempo que nos llevan vendiendo la inexistente y falaz democracia, cuando echan mano de hemeroteca o de Internet y cuantifican los miles y miles casos de fraude y corrupción acaecidos en esta piel de toro desde tiempos inmemoriales. Seguir leyendo UN REINO DE CHISTE, por G. Alcolea








El Papa (lo escribiré con mayúscula para evitar confusiones) es el Metropolitano, el Ordinario, el Obispo de Roma y, como tal, el Presidente de una de las más (si no la más) importantes multinacionales del planeta Tierra, plena de riqueza y poder. Como en cualquier otra Sociedad, su máximo representante puede dimitir, y es lo normal (es decir, la norma: no lo natural, que también lo es) en caso de grave deterioro físico o mental, aunque en ambos casos lo frecuente es que sean sus quasi iguales quienes tomen la decisión. Que el Papa, que se encuentra en mal estado de salud, abandone su puesto de Obispo de Roma no tiene, pues, nada de extraordinario. Pero…
Cuando la libertad es escarnecida, los derechos civiles conculcados y la protesta solo tiene como respuesta la violencia policial; cuando un partido miente a los ciudadanos ofreciendo un programa electoral que, una vez en el gobierno, incumple sistemáticamente; cuando se destruyen los servicios públicos, condenando al paro, la miseria y la desesperación a millones de personas; cuando el gobierno está al servicio de intereses extranjeros y pone en práctica una política económica que cierra el futuro a las jóvenes generaciones; cuando la injusticia es la norma y la corrupción se alienta y protege desde las instituciones que deberían combatirla; cuando se priva al pueblo de sus medios de existencia, entonces ese pueblo tiene derecho a defenderse con todos los medios a su alcance. Y ese pueblo tiene el derecho y el deber de cambiar el rumbo político, de forjar su futuro.
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